«Una animal en mí», de Juliane Ángeles: Cuando la cabeza y el cuerpo se separan

«Una animal en mí», de Juliane Ángeles: Cuando la cabeza y el cuerpo se separan

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La poeta July Solis nos presenta una lectura del poemario Una animal en mí (AUB, 2021), de Juliane Ángeles.


Por July Solís

La lectura de Una animal en mí (AUB, 2021) de Juliane Ángeles comienza por su propuesta editorial. La composición gráfica del libro tiene como protagonista a la letra “A”, que se extiende exorbitante sobre la portada y la contraportada, así como también aparece solitaria y diminuta en medio de toda una página en blanco, a manera de un ojo que acecha en la portadilla. Su peculiar forma de presentación logra darle autonomía a esta letra, para que su sola presencia signifique, pues en ella radicará la apropiación de género, la transgresión y el reclamo; por ello, se puede leer en una hoja de guarda «una A en mí». El diseño se caracteriza por la discreción, el acecho y el asalto, características de lo animal; asimismo, el color rojo puede revelar la sangre y la pulsión de vida. Advertir las sugerencias del libro objeto entre lo que oculta y lo que devela no debería pasar inadvertido antes de ingresar íntegramente a la propuesta de la autora. 

Hay un tema medular sobre el que gira todo el poemario, aunque no es enunciado de modo directo, sino que está oculto. Se trata de dos instancias que batallan dentro de la hablante: la cabeza y el cuerpo. Se rinde culto al primero y se reprime al segundo. Este antagonismo obstruye la posibilidad de convivir como unidad: «Cómo fui a parar en este cuerpo, un cuerpo que no responde a su cabeza» (p.23). Es una mente que se llena de pensamientos, lo cual ― lejos de emancipar― perturba y paraliza sus acciones en un excesivo ejercicio de repensar las ideas, lo que la mantiene en un estado de indecisión: «Vivo únicamente a través del pensamiento. Solo sé hacer preguntas» (p.23). En el poema “La araña” se mata a este animal sin dudarlo, pero cuando se piensa nuevamente en el hecho, la determinación inicial produce malestar y desconcierto: «La he matado con la certeza. / Despierto perdida. Me tomo el pulso. / Todavía desconfío de mí.» (p.35). Al tratarse de una voz que desconfía de sí misma, una actitud recurrente será ocultar sus pensamientos; por ende, lo interesante de este libro en la mayoría de los poemas es lo que no se dice directamente. Se elabora un sujeto femenino que responde a constructos sociales que han atado los conceptos mujer-cuerpo, y en ese impulso por desligarse de dicho binomio, se termina por mutilar a la propia corporalidad, tanto así que en varios momentos pareciera que la hablante es solo cabeza.

Se privilegia a la mente, pero también se desconfía de ella. Una sensación de enemigo dentro de la cabeza («Todo lo que digo se empeña/ en hacerme caer» p.19) provoca que se examine constantemente los pensamientos, los cuales se analizan, se descifran y se sobre interpretan: «Se me cae el pelo. / Supongo que mi cabeza me quiere decir/ acercarse al borde es humano» (p.21). Como en el mito de Sísifo, la cabeza sería esa piedra que se carga a manera de condena, por eso en el poema “Caput” liberarse de esta provoca placer y no dolor, aun cuando cae y es arrastrada por un grupo de niños que juegan con ella: «y yo siga sentada mirando con deleite/ a los niños/ y no me atreva a reclamarla» (p.51). Asimismo, en “Consecuencias del movimiento” hay un yo que se divide en dos, el que obliga y el obligado: «Heme aquí todos los días, / obligándome a ser/ por las mañanas, / por las tardes, / por las noches» (p.17).

El estilo de los poemas es conciso, repetitivo y secuencial. Algunas de estas características concuerdan con la poética de Blanca Varela. Además del epígrafe que abre el libro, su influencia es visible en ese tono de voz áspero y breve, así como el apego por figuras como la cabeza y lo animal. Se transmite una existencia silenciosa y solitaria que busca permanecer, en ese sentido, se rechaza lo llamativo: «La poesía me previene contra todo lo que brilla» (p. 49). Refuerzan esta actitud presencias sencillas como cebollas, cactus o plantas, que se caracterizan por su discreción. No obstante, como se vive entre depredadores, la prudencia se deja de lado cuando son descubiertos; entonces, desarrollarse desmesuradamente es otra alternativa de supervivencia: «Crezco para no ser cocinada/ crezco como esa cebolla moradísima/ la que chupa humedad y echa raíces/ Quiero traspasar el techo poco a poco/ alargar mi estadía en el verdulero» (p.11). Otro de los temas que se ausculta en el libro es salir de casa. Crecer violentamente es la única forma de escapar de ella; traspasar las puertas, el techo y las paredes. En el poema “Crianza” llega un momento en que la casa se vuelve un espacio que impide el desarrollo: «Z sigue creciendo. Me pregunto si traspasará el techo. Si la pared blanca del departamento es su límite. Si algún día tendré que explicarles a los vecinos que lo verde que sale de mi techo es un cactus» (p. 25).  

Dicho todo esto, ocurre un giro a partir delpoema «Vivo de dar explicaciones», que se ubica en la mitad del libro. La voz se vuelve más enfática y se atreve a dar respuestas, actitud que se diferencia notoriamente de lo anterior, ya que expresa sus ideas sin vacilaciones e interpela al lector. Es un poema potente que se entreteje con los versos de María Emilia Cornejo, poeta peruana de los 70, y la autora para expresar de forma directa la castración, el miedo y la culpa asignada a las mujeres. El leitmotiv “no es suficiente” proyecta lo que MEC no llegó a pronunciar, pero que Angeles continúa con intensidad sin notarse los parches temporales entre ambas autoras.

Van a analizarme.

Si se me da por hablar del goce y del cuerpo en los setenta en el Perú,

Van a analizarme.

Dirán que soy la otra,

La muchacha buena de la historia,

La que fantaseaba con ser la mala,

La que escribió soy la mujer que lo castró con infinitos gestos de ternura

y gemidos falsos en la cama.

Porque la castrada siempre fui yo,

Nosotras,

Las inconformes,

Las de la culpa,

Las reprimidas.

Y así, solo así,

Lo comprenderán.

Que establecí mi cuerpo como quise. (p. 29)


Este poema podría explicar por qué se mutila lo corpóreo en gran parte del libro, donde predomina la cabeza, mientras el cuerpo es solo un espacio vacío y subvalorado. Además, la fuerza del discurso es suficiente para provocar una nueva actitud más confiada y decidida en la hablante. A partir de este manifiesto, empieza una transición entre la cabeza y el cuerpo que provocará una crisis. Por ejemplo, en “Ópera prima” la obra es la mancha escarlata de la descarga corporal femenina en las sábanas blancas: «Sabía que mancharía la sábana, pero a pesar de ello, lo hice» (p. 41). Aunque luego se busque borrarla compulsivamente, el solo hecho de permitir al cuerpo liberarse, así sea un impulso, es una marcada diferencia con la primera mitad del libro, más cerebral y dubitativa. En esta nueva etapa la voz se vuelve más potente.

Mi lucha es contra la mancha. Contra la intensidad salida de mi cuerpo.

Me borro a mí misma. Yo soy la mancha.

La mancha pierde color. No es como la acuarela, que se ilumina con el agua. Mi esposo me dice: “es solo una mancha”. No comprende mi insistencia. Mi interés desproporcionado por la mancha. Por borrar la intensidad salida de mi cuerpo. Por desaparecerme. (p. 41)

Aquí ya hay una conciencia del sujeto como cuerpo, cuando antes solo aceptaba su cabeza. De este modo, advierte y se permite discutir su propio conflicto de escisión, y, con ello, alcanza capas más profundas en su discurso. En esta misma línea, se encuentra el poema “Mi enfermedad”, donde se tose involuntariamente sin poder controlar al cuerpo: «mis ojos están húmedos y rojos/ la pluma diabólica acaricia mi laringe seca (otra vez)» (p. 53).Es la tos la que la vuelve expresiva: «un geiser explota en mi boca/ mi saliva raspa, quema, hinca […] toso/ toso mi voz […] toso una vez más/ y escribo este poema» (p. 54).

El libro presenta una animalidad domesticada en un primer momento. El instinto, el inconsciente y lo biológico han sido controlados por normas y reglas del microcosmos familiar y el engranaje social. Una animal en mí de Juliane Ángeles reclama, desde el título, ese instinto que ha estado adormecido. Aunque los tiempos han cambiado, ciertos roles asignados todavía permanecen con una tozudez cetrina. Los hombres siguen ocupando mayoritariamente los espacios públicos (como lo económico y lo político), vinculados al pensamiento, mientras que las mujeres continúan batallando por salir de la asociación corporal-reproductivo- emocional, que escamotean sus otras capacidades. Debido a esto, la voz del poemario se refugia en lo cognitivo, mediante la figura de la cabeza, para refutar estas asociaciones, pero en ese afán supuestamente reivindicativo termina por disociarse completamente de su cuerpo. Llenar su mente de pensamientos se torna un ejercicio obsesivo y pensar se vuelve una actividad agobiante. Además, el temor a equivocarse evita que despliegue sus ideas con libertad en su discurso. Lo realmente valioso del libro es que esta voz inhibida, de actitud pasiva y silenciosa pasa a exteriorizar su propia crisis cuando acepta su cuerpo como parte de ella. Este camino le da honestidad al conjunto, porque lejos de ser un discurso homogéneo y perfecto, pasa por un proceso de crisis, despojo y reaprendizaje sobre sí. El mismo recorrido que experimentan todas las mujeres que han sido formadas en una estructura de esquemas machistas. Por ello, los poemas ―aunque minoritarios― que provienen del sujeto femenino, ya asumida como unidad (cabeza y cuerpo), son más comunicativos y contundentes. Aquí ya se avizora otro momento de la escritura de Angeles que quizá se logre ver con total plenitud en un libro venidero.


Sobre Juliane Ángeles:

Nació en Lima, en 1986, es comunicadora, poeta y directora de la web Lee Poesía. Publicó Epigrama (2015) y, luego de seis años, volvió con una segunda entrega.

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