El Perú es una herida difícil de sanar: Animales luminosos de Jeremías Gamboa

El Perú es una herida difícil de sanar: Animales luminosos de Jeremías Gamboa

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El escritor Luis Hernán Castañeda nos presenta una lectura de la más reciente novela de Jeremías Gamboa, Animales luminosos.

Por Luis Hernán Castañeda

En una conversación para la revista Bomb, los escritores Aleksandar Hemon y Teju Cole hablan sobre las orillas entre la ficción y la no ficción, la literatura de W. G. Sebald, la interacción entre el texto y la imagen, el vínculo con el país de origen. Es al tocar este último tema cuando Hemon afirma lo siguiente: “No hay manera de dejar atrás la historia. No hay lugar a donde ir. Como un sujeto diaspórico, he aprendido que es muy fácil abandonar tu país. Lo realmente difícil es dejar su historia, porque te sigue (o te guía) como una sombra”. Algunas de las últimas líneas conforman el primer epígrafe de la magnífica novela de Jeremías Gamboa, Animales luminosos. Es iluminadora la paradoja (per)seguir/guiar, pues atraviesa a la novela. De alguna manera, lo que nos persigue también nos está guiando. Pero la idea de Hemon continúa, y resulta útil acompañarla hasta el final: “Esa clase de historia está en tu cuerpo… y no puede ser relegada a un museo o, como en los Estados Unidos, al entretenimiento”.

La presentación del tema que Gamboa se plantea tratar no podría ser más clara: su protagonista, un treintañero de ascendencia indígena que está en Boulder, Colorado con la misión de olvidar su pasado —y la cosecha de traumas que este conlleva—, quiere borrar su historia y también la Historia, quiere aniquilar su herencia y etnicidad, pero todo este bagaje se aloja en su cuerpo y mente bajo la forma de heridas físicas y psíquicas que deberán ser asumidas por medio de la amistad, el amor y la literatura. Esas heridas son producto del racismo que ha sufrido en su ciudad y que, como sugiere Hemon, no pertenecen a la memoria sino a la experiencia viva, presente, imborrable. Es irónico que, para desentenderse de ellas, el personaje haya escogido el país del norte, una nación especializada en intentar escapar de sí misma —y en fracasar siempre en dicha tarea imposible. La única salida es gestionar el fracaso. En tal sentido, la novela propone un segundo epígrafe que procura despejar las sombras.

“Esta noche estaré en esa colina porque no puedo parar / Estaré en esa colina con todo lo que tengo”, canta Bruce Springsteen en el tema “Darkness on the Edge of Town” (“Oscuridad al borde de la ciudad”). Significativamente, todos los personajes de Gamboa se desplazan por los límites entre la ciudad y el campo, la luz y la sombra, negociando entre esferas: es lo que le da a esta novela su turbia belleza. Si las palabras de Hemon conducían a una conclusión trágica, Springsteen desborda de entusiasmo y frenesí, una electricidad que recorre muchas páginas de la novela. Se trata de un epígrafe multifuncional ya que, además de establecer un clima afectivo, marca un tempo para la narración, introduce un escenario simbólico –la colina– y le otorga un itinerario al personaje, quien realizará un movimiento ascendente: desde la llanura hacia las montañas, desde la sima hasta los cielos. De la ignorancia a la conciencia, donde conquista “la vista total, definitiva, del lugar al que finalmente ha llegado después de su largo viaje. El lugar del que nadie podrá despertarlo nunca” (207).

Solo entonces, cuando el protagonista sea capaz de reconocer las pesadas cargas que lo lastran, y que no podrá suprimir por más que se aleje espacial y temporalmente del sitio de sus padecimientos, logrará subir a la colina con todos sus recursos, articular los deslavazados fragmentos de su psique y reconstruirse como agente en el cordillerano hogar que ha elegido para afincarse. El modo en que lo consigue posee la estructura de la revelación de un secreto, el secreto del origen y la identidad, estructura que se halla contenida en otros versos de la canción de Springsteen: “Todos tienen un secreto, hijo / Algo que no pueden enfrentar / Algunos pasan su vida ocultándolo / Lo cargan a cada paso que dan / Hasta que un día lo sueltan / Lo sueltan o dejan que los arrastre con él”. El protagonista de Gamboa elige soltar, elige sobrevivir.

A lo largo de una fría noche del mes de noviembre del año 2005, el personaje central de Animales luminosos, cuyo nombre y nacionalidad al principio el lector desconoce, se pasea por las calles y los bares de Boulder cuatro meses después de haber llegado al país con una beca para seguir una maestría en literatura latinoamericana en la Universidad de Colorado. Boulder es una montañosa ciudad universitaria de cien mil habitantes cuya población es mayoritariamente blanca (88%), con un alto grado educativo y bastante acomodada. Hoy en día es una de las sedes de Google, pero dentro del mundo ficcional los personajes apenas empiezan a hablar de Facebook; Obama es una esperanza y, aunque George W. Bush ocupa la Casa Blanca, la tendencia política en el campus es claramente de izquierda. Se trata de una burbuja muy particular en el contexto del país. El personaje es un lector voraz y ambiciona convertirse en profesor, arraigarse en los Estados Unidos y no volver más a su patria –el Perú–, con la cual mantiene una relación áspera. En determinado momento asegura que la odia. Reservado como es, disminuido por fantasmas que se irán precisando paulatinamente, no ha roto jamás su rutina espartana y, si esta noche ha podido salir, se debe a la invitación de su único amigo Nate, un chico de Seattle que ama la literatura rusa. Se les unen Todd, Nico, Margaret y Laura, cada cual con su origen en el mapa estadounidense y, lo central, con un deseo y una falta. Todos quieren ser, y poseer, algo que no son y que no tienen. Incluso estos muchachos aparentemente perfectos, aprenderá el protagonista, esconden una grieta emocional. Una pregunta anodina es la caja de pandora que destapa sus fisuras: ¿es Boulder un pueblo o una ciudad? Hay demasiados animales salvajes corriendo libres para que sea una urbe.

Ismael, que así se llama, ha visto demasiadas series. Las imágenes idealizadas que proyecta del país la industria cultural, almacén de estereotipos blancos, configuran el ingenuo filtro a través del cual este peruano interpreta la realidad, pero rápidamente entenderá que dicho visor es mentiroso. En realidad, sus amigos son diferentes a él —más privilegiados, sin duda— pero, al mismo tiempo, más similares de lo que habría podido sospechar. A través de un peregrinaje por espacios reales —es encomiable la reconstrucción de una Boulder ida— que incluyen el Pearl Street Pub, el Old Chicago, The Hill, el Catacombs y el Trilogy, Ismael va ingresando en la noche americana y, propulsado por reservas de valentía oculta, transitando sutilmente del rol de testigo al de interlocutor, consejero y, por último, actor de su propia historia de amor con Josefina. Es al calor de esta historia donde realizará su confesión final. Gracias a ella el lector deduce que su supuesta timidez, su lejanía, no respondían tanto a la introversión como a la necesidad de blindarse contra el sufrimiento. Sujeto dañado, la lectura le ha servido para evadirse. Ahora descubrirá otra función de la literatura: la que en Contarlo todo, primera novela de Gamboa, llevó a Gabriel Lisboa a aporrear la máquina de escribir para abrirse.

Vale la pena comentar la construcción de la aventura nocturna de Ismael –la alusión ribeyriana no es casual ya que ese cuento, “Una aventura nocturna”, es mencionado como el peor de los desenlaces posibles para la noche del personaje. Diría que este actúa como un participante opaco, lento y avergonzado, que se inserta periféricamente en un grupo abierto y amigable, pero ajeno e irremediablemente veloz pues se expresa en inglés, un idioma que él maneja con tropiezos. Es mayor, además, que sus amigos veinteañeros, todo lo cual lo relega a los márgenes. Está con ellos, pero está solo. Amenazado, incluso, por la blancura y belleza reales o percibidas del entorno. No obstante, consigue por momentos resquebrajar estas barreras mediante la paciencia y el esfuerzo, alzando la voz, repitiendo frases y apoyándose en la buena voluntad de sus acompañantes y en ciertos referentes compartidos que, si bien son pocos, sirven para tender puentes: con Nate, en la literatura latinoamericana y, con Laura, en John Steinbeck. Gracias a estos lazos tenues, y bajando sus expectativas al mínimo para no decepcionarse –sin mencionar las numerosas cervezas que va tomando–, Ismael se las arregla para sobrevivir a la noche y brindar su registro de la misma. El narrador en tercera persona, que focaliza en su conciencia durante la mayor parte del relato, despliega la crónica de su mirada: desconcierto, intuición, malestar, curiosidad, entusiasmo y memoria se conjugan en una visión densa, que revela a un sujeto inteligente y sensible en permanente huida de su piel:

…una sensación de zozobra nueva, le gana de pronto y lo hace salir de la escena e ir a la barra a pedir otra cerveza. Mientras lo hace, siente una ligera incomodidad y una desventaja, un cierto exceso de experiencia que se concentra en los cuerpos y las mentes de las personas que lo rodean y está fuera de él, pero quizá sea solo una percepción. Pasan demasiadas cosas y hay demasiados estímulos, y solo entonces un pensamiento nuevo cruza su mente y recuerda que no salía de noche ni siquiera en los últimos años que vivió en el país que acaba de dejar. Había sido como una forma de protegerse de sí mismo o de no despedirse nunca, se dice. Pero no quiere pensar en eso. (42)

A pesar de su edad, Ismael tiene algo del Juan García Madero de la primera parte de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño: su inocencia, el jugarse la vida en un rito de paso que le deparará el ingreso a lo que Alan Pauls llamaba la “vida artística”. El modelo de Ismael son los beatniks, y no puede evitar imaginar a Nate, Todd y Nico como si fueran un círculo de artistas de la vida cotidiana realizando arte espontánea en la calle y la noche con su simple estar juntos y exaltados, con su mero andar de bar en bar en busca de música y de alcohol y de chicas. Estar entre ellos es un premio inmerecido que lo llena de orgullo y a la vez lo humilla: una transgresión social que hubiera sido complicada en el Perú. La deriva nocturna se convierte en una suerte de caminata estética con ecos neovanguardistas bastante diluidos, es verdad, pero reconocibles todavía: se conserva el gesto, no el programa. Pauls define la sustancia de la vida artística como un “vitalismo contra natura, vitalismo de vanguardia, sí, en la medida que consuma… la disolución del arte en la vida”. Lo que Ismael añora es la idea de dicha disolución; después de todo, él es un lector y un académico, y esta es su primera y única peripecia.

Otra diferencia, signo de los tiempos: Ismael es menos machista que los poetas de Bolaño. Como ellos, tampoco lo vemos estudiar demasiado. Llama la atención, por cierto, que la novela haya sido enmarcada por algunos lectores iniciales dentro del subgénero de campus, cuando los personajes apenas si pisan el campus: se mantienen en su periferia, en el cordón de centros de diversión que lo rodea. El autor ha manifestado en entrevistas que su historia transcurre mientras la universidad duerme. Así, Ismael comparte más con el Juan Dahlman de “El sur” que con el William Stoner de John Williams: es un hombre que respira entre los libros, refugiado en ellos, pero añora salir a la llanura para probar su suerte. Dicha salida implica, para Ismael, un salto de la oscuridad a la luz: allí se expone, se revela y se salva.

“Salvo por el claroscuro, se diría que la escena es demasiado simple” (11), leemos en la primera oración de la novela. El juego de luces y sombras recorre el texto y es responsable de su complejidad simbólica. Para empezar, no se trata de un viaje lineal de la oscuridad a la luz, puesto que existen luces opuestas –las de los perros de presa del padre, las redentoras de Josefina–, así como sombras ambivalentes. La complejidad arranca desde el título mismo, que plantea una metáfora que espejea con la imagen de portada, la elocuente obra de Issa Watanabe: los ojos brillantes y deslumbrados del ciervo, como brillantes y deslumbradores son los ojos de algunos personajes humanos. Por ejemplo, los verdes y azules de Nate, Todd y Margaret, comparables a selvas y océanos. Cuando uno piensa en Ismael, viene a la mente la efigie de un animal salvaje inmovilizado –y aterrorizado– por los faros de un auto en plena carretera nocturna, metáfora del protagonista a merced de la violencia racista que lo persigue, como la Historia, desde el Perú hasta Boulder. Ambiguamente, son sus amigos quienes lo siguen deslumbrando: se percibe siempre en riesgo, también cuando sale a divertirse. La agresión ocurre en su cuerpo, en el laberinto de su mente: experimenta un racismo interior.  

No en vano es recurrente que de un momento a otro y sin razón aparente, víctima de un trastorno de estrés postraumático, se sienta cegado por “un haz (que) se ha proyectado sobre él como cada vez que cree haber hecho algo malo” (59), y por “puntos de luz” (104) que son el rastro de una aventura atroz vivida en Lima cuya textura, cuya materialidad, está ligada al título, “animales luminosos”. Monstruos que lo acosan, pesadillas que lo muerden a través de las fronteras.

Pese al carácter nocivo de la luz, esta puede poseer una connotación sanadora. Los amigos que lo deslumbran, ante los cuales puede sentirse como una alimaña humillada, son a la vez sus pares y aliados. Es por ello que Nate, el cegatón que se niega a usar anteojos, no ve bien: la distorsión de la miopía convierte los faroles de las veredas, esos focos desdeñables, en “flores de fuego” (127), así como la literatura transfigura el dolor en armonía textual. Del mismo modo, aquel resplandor que se utiliza para representar el nacimiento de un niño, y la vida nueva que le podría ofrecer Josefina, resemantiza la fuerza destructora de la luz del trauma. Esta otra luz es el germen de un mundo inédito, uno del cual personaje se podría apropiar para echar raíces en su país de adopción. Por ende es posible sostener que cierta luz constituye un símbolo del poder transformador del arte; sin embargo, ese poder no liquida el pasado. Lo integra: “debe seguir adelante aun cuando la vida y el futuro impliquen no poder escapar del todo de aquello que, al final, quizá no quedó atrás” (201). Asimismo, las sombras no son puramente negativas; son material de trabajo, el patrimonio del (re)creador de su propia existencia. Del escritor de su propia vida. Lo persiguen y guían, para recordar la paradoja del epígrafe de Hemon con el que empecé este comentario. Ismael, que no es un escritor –pero podría serlo–, aprenderá una lección capital sobre el uso de las palabras: le sirven para recordar quién es, quiénes son sus padres y de dónde viene su herencia. Para recordar gracias al interés de alguien más, alguien que lo escucha y lo valora sin juzgarlo de antemano.

Ismael se ilumina gracias al lenguaje. Su destino quizá esté en Boulder, Colorado pero a la vez en Lima, Perú y en Ayacucho, el origen detrás del origen. Su viaje al fin de la noche es al mismo tiempo un retorno a la semilla y una aceptación del dolor que lo abrazará para siempre. Un dolor que no es una maldición de la cual escapar sino, contra intuitivamente, una riqueza que atesorar y una brújula para orientarse. El paraíso que el personaje anhelaba lejos del país es solo una fachada, y las hermosas Montañas Rocosas tienen algo –o mucho– de andinas. El pasado está inscrito en el futuro. Igualmente los chicos que lo escoltan, seres salidos del cine y la televisión, se han vuelto más reales bajo la presión de unas carencias que no son las suyas, pero son como las suyas. La novela no impone un final cerrado, y nos deja con la incógnita de qué hará Ismael con estos hallazgos: ¿seguirá adelante en su camino de estudiante y profesor, volverá algún día al Perú? ¿Estará con Josefina, será padre? Hay una veta de rencor en él que resulta inquietante, y que tampoco encuentra resolución. Las páginas finales alimentan la sensación de que irse o permanecer, estar solo o en pareja, no es tan determinante, así como banal es la pregunta por la condición de Boulder: ¿es un pueblo o una ciudad, ese remoto paraje helado? En cualquier caso, Ismael es ya un habitante de su propia morada interior.

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